Turismo

Raices

Las fraguas del pueblo

En una sociedad de hierro era inevitable la presencia de la herrería en diferentes pueblos; se precisaban arados, verjas para las ventanas, aros que hacía la función de llantas para las ruedas de los carros, remaches en los aperos?

El herrero era adquiría cierta reputación en el entorno por la importancia y la singularidad de su oficio. Se presentaba pertrechado de boina, mandilón de cuero grueso y manoplas; pero negro, muy negra toda su ropa para conseguir un mimetismo con las paredes. En las paredes, además de esa negrura intensa, colgaban tenazas, martillos, mazas y piezas de hierros que esperaban una nueva restructuración. En uno de los laterales se asentaba el fogón, y en medio de la sala la bigornia. El fuego se avivaba por medio de una garrucha que activaba un fuelle.

El tac, tic, tac del martillo se hacía sonoro por las calles del pueblo, al ritmo de la maquinaria del reloj, servía como un reclamo de parroquia al igual que las campanas de iglesia. Pues, de vez en cuando, se dejaba caer por la fragua algún labrador que esperaba ver terminada la pieza encargada. Era un lugar de calor y al cobijo del fuego se recogían las noticias de la comarca, se comentaba la crítica de los acontecimientos, se convertía en el foro del pueblo.

A pesar del coloquio de la tertulia, el herrero no podía parar sus brazos, a veces recurría a algunas de las personas que se encontraban allí y le hacía coger un martillo para que le acompañase en los golpes sobre el hierro. Como un baile, repetía, déjalo caer detrás del mío, así, como un baile...

También, si encontraba otra persona que diese a fuelle la utilizaba para el oficio. Había que mantener también un ritmo que lo marcaba la propia respiración, lento pero continuo: aspirar, expirar; se toma aire, se echa? Porque la fragua se reducía a eso: ritmo y trasformación.

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